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Te quieres o te maltratas

Si te quieres, un buen número de personas camina por la vida con pesadas mochilas emocionales. Me refiero a gente con enormes dificultades para ser amable consigo misma y que, en la dureza con la que se trata, encuentra serios problemas para tolerar el malestar e ingeniárselas, aun en momentos difíciles o de estrés, para encontrar sensaciones de tranquilidad, calma, equilibrio.

El comienzo de este automaltrato psicológico retorna a la infancia y en familias de todo tipo, incluso si preguntáramos a muchos padres no creerían que los efectos de su educción- disciplina o la falta de ella hacia sus hijos son de tales consecuencias devastadoras Cuando el lugar y los seres que, en teoría más te aman han resultado ser amenazantes en vez de contenedores, tanto el mundo externo como el interno se procesan como hostiles.

En el trabajo a realizar no me refiero a la tan mentada autoestima que ha venido de la mano de muchos manuales de autoayuda. La autoestima se puede considerar como la evaluación propia de nuestras capacidades, pensamientos, percepciones, juicios e imágenes de nosotros mismos. Es decir como una auto evaluación subjetiva de nuestra persona.

La compasión supone una mirada de recogimiento y amabilidad sobre el propio sufrimiento y el sufrimiento ajeno, y ser compasivos ofrece la posibilidad de sentirse (y ya no meramente de “saberse”) parte del mundo y actuar en consecuencia, tanto hacia uno mismo, como hacia los demás, con el objetivo de disminuir ese dolor, saber que te quieres.

Hay varios niveles de compasión, según Gilbert:

1. La compasión que sentimos de parte de los demás hacia nosotros.

2. La compasión que tenemos hacia los otros.

3. La compasión hacia nosotros mismos.

Cada una puede desarrollarse con distintas prácticas. Por ejemplo, podemos imaginarnos a nosotros mismos como personas compasivas, pensando cómo somos cuando somos lo mejor que podemos ser. Aprendemos a prestar atención a esas cualidades interiores y a tratar de vivir según ellas cada día. La actitud sería la misma que tiene una madre que consuela al niño que llora, acunándolo en sus brazos. La madre somos nosotros y el niño es la emoción que tratamos de apaciguar. La madre acepta y entiende al niño dándole consuelo con su cariño, esa es la forma en que el niño se calma. Siguiendo esta metáfora podemos observar los tres elementos básicos para el trabajo en autocompasión que son: ser conscientes, aceptación y cariño, notar que te quieres. Además de ser una buena imagen a tener en cuenta, esta metáfora nos sirve de guía para adoptar la actitud funcional ante la emoción que nos causa dolor.

Otra práctica que ayuda a sentir la compasión de parte de los otros es trabajar con imágenes. Aquí, las personas se concentran en una figura compasiva a la que dotan de sabiduría, fuerza, calidez, y que es capaz de confortarnos en los momentos de mayor crisis e inseguridad, pero sin juzgarnos.” Según decía Baghavad Gita: “Tienes derecho a la acción, pero sólo a la acción, nunca a sus frutos. No sejes que los frutos de tus acciones sean tu motivación para realizarlos”

Ésta es la paradoja: practicamos la compasión atenta hacia nosotros no porque queremos sentirnos mejor, sino porque nos sentimos mal. La compasión definitivamente transforma nuestras emociones, pero sentirse bien es un producto secundario de la compasión. Y es cuando estamos en el modo mental de la compasión atenta que se genera un pequeño espacio alrededor de nuestras emociones dolorosas que nos permite hacer cambios positivos en nuestras vidas.

El hecho de darnos cariño a nosotros mismos, notar si te quieres, encontrar un espacio de cobijo y seguridad aún en momentos de sufrimiento, genera, no sólo comprensión, sino también dicha.

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